Pepe, o Pepito el Soñador egipcio, fue un sabio y antiguo esclavo (¡vendido por sus putos hermanos!) que inventó la economía allá por el siglo XVIII antes del Crucificado. Tan versado andaba en el tema este desgraciado que el faraón de turno le concedió prácticamente todo el mando de Egipto para que acabara de una puta vez con la agonizante economía del lugar. Para ello, puso en marcha a toda hostia un sistema rígido de almacenamiento y adjudicación equitativa de papeo, y un control exhaustivo de precios y otros timos desmesurados.
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Pensar y Derivados---> “men/” + Poner y colocar---> “dhe-”. Dhe- ---> “facio” (hacer) + “de-” = de-fecto. Todo lo cual---> El desgraciado del mendigo, por carecer de algunas de las funciones mentales primarias o democratizadas y televisadas, carece asimismo de aquellas que, por consideración natural, debería poseer el muy desgraciado desde que lo parieron.
J. Campbell, siguiendo entre puntillas el plot original del yayo Jung, veía en el héroe de cualquier mito al personaje cuya función mitológica fundamental era la de emprender, ya en edad adulta (los nenes no saben entenderse con dios ninguno porque ya tienen a dos en casa) el viaje hacia un hipotético encuentro con lo divino. Para ello, debía reencontrarse primero con su inconsciente (existen, aparente o especulativamente, tres diferencias básicas entre el inconsciente y, su primo pobre, el subconsciente. Léanselas, no me sean vagos), del cual, y siempre presuntamente, el individuo llegó en su día a distanciarse (digamos que primero se largó de casa emocionalmente) mientras continuaba su proceso inevutable de desarrollo físico y anímico y, claro está, antes también de convertirse en un mozo o en una moza ejemplar con nómina de trabajo, sobre marrón de Hacienda y una obsesión casi ridícula de ponerle los cuernos a alguien.
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Nos cuenta el Excelentísimo Secretario General de la Sociedad Comarcal de Ascensores Convalidados Históricamente que, ya por el 64 antes del Crucificado, Nerón el Loco contaba con un ascensor de suspensión de cable de cáñamo y mecanismo de prevención de precipitación del copón en el palacio Domus Aurea. No hemos podido ni querido comprobarlo y ellos, por su parte, tampoco han deseado confirmarlo con una foto o una fotocopia cualquiera, incluso cuando se les ha suguerido la entrega en persona de un generoso donativo. "Carecemos de oficina. Su pertinente visita sería totalmente un fracaso." No aceptaron, tamposo, un encuentro en un taberna microdigitalizada. No aceptaron nada, ni una puta sonrisa. ¿Por qué existirá gente de tal calaña?
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Dicen que los chinos (¡cómo no!) inventaron la primera silla de ruedas. Grabados, haberlos, haylos. La solución era bien sencilla: agarrabas el primer sillón de casa y le colocabas tres ruedas a modo de triciclo o de un BSA Ladybird. Algo parecido, pero de diseño más simple y pequeño, inventaron los lacayos del, siempre prudente y acojonado de Dios, Felipe II, monarca éste al que se le atribuye el primer diseño de silla de ruedas oficial. ¡Faltaría más! Pero lo que yo quería contaros únicamente es que el modelo que utilizo yo actualmente ni leva ruedas ni posamanos ni posapezuñas. No, la mía lleva un retrete plegable (para evitar los olores expandibles psicológicamente, los viejos de la zona siguen llamándolo cómodo), lámparilla flexo de escritorio cosida a mi manga derecha, cenicero en la izquierdo y un paraguas agujereado que me coloso en el cuello de la gabardina. Eso sí, cuando veo antes de salir de la alcantarilla que el tráfico urbano de la puta acera me va a poder, le incorporo con goma adhesiva sobre la taza del cómodo y a la altura de mi entrepierna una bocina de accionamiento claramente manual. Podría jurarles que el estruendo que produce dicho cono sonoro es el único rasgo de mi personalidad que todavía no han conseguido subyugar. También podría yo jurarles otras cosas, pero he de guardarmelas para evitar así cualquier acción, legal o no, contra mi persona o la de cualquier otro miembro de mi equipo de lisiados de la vida.
PAUL HINDEMITH, LUDUS TONALIS
"La gente me preguntaba que qué sentía uno al estar muerto. La gente me preguntaba en silencio y yo contestaba que dependía de dónde uno había acabado. Si a uno lo habían empaquetado al horizonte, se sentía poca cosa. Solo espera y un cierta angustia de sentirse infinito pero no poder contárselo a nadie. Me tocó la lotería, pero ya veo que estáis todos sordos. Si a uno lo empataban al infierno, lo lógico era sentirse quemado y mosqueado. Pero el averno tenía y tiene poco de racional. Y si a uno lo mudaban al cielo, tumbarse en un banco resultaba siempre la opción más cómoda o llevadera. Nadie te molestaría, por mucho que durmieras y roncaras. Y es que en el cielo no hay nadie; solo bancos y otros medios más cómodos de superar aquella mentira infantil, la cual, a los que nunca habían tenido nada, tampoco se puede afirmar que les desagradara en exceso. Ya les digo: la gente me preguntaba, y yo me hacía el dormido si a la coyuntura no le molestaba. La gente." |